«Entiendo por “socio-antropología” —afirma Jean-Pierre Olivier de Sardan el estudio empírico multidimensional de grupos sociales contemporáneos y de sus interacciones, en una perspectiva diacrónica, y que combina el análisis de las prácticas y de las representaciones. La socio-antropología así concebida se distingue de la sociología cuantitativista realizada a base de pesadas encuestas por cuestionario como de la etnología y la antropología ensayísticas y especulativas. La socio-antropología fusiona las tradiciones de la sociología de campo (Escuela de Chicago) y de la antropología de campo (etnografía) para intentar un análisis de carácter intensivo e in situ de las dinámicas de reproducción/transformación de conjuntos sociales de naturaleza diversas, que toma en cuenta tanto los comportamientos de los actores como las significaciones que otorgan a sus comportamientos.

»Se podría desde luego, y lo he hecho anteriormente, utilizar sólo la expresión de “antropología”, si se entiende “antropología” en el sentido amplio. “Antropología” no significa entonces una supuesta ciencia de las sociedades “primitivas” o “simples” (que correspondería al sentido antiguo de “etnología”), sino que evoca al contrario una aproximación que es a un mismo tiempo de campo y comparativa de las sociedades humanas cualquiera que éstas sean, una aproximación intensiva y transversal a lo social, que se la encuentra por una parte en una cierta sociología. Para evitar todo riesgo de acusación de imperialismo disciplinario, y para hacer manifiesta esta profunda convergencia de las dos “disciplinas”[1], tanto o más necesaria desde el momento en que se toma el desarrollo como objeto, me parece hoy en día preferible utilizar el término de socio-antropología. La convergencia epistemológica se extiende evidentemente a la historia (como a las otras ciencias sociales, política, economía: cf. Passeron, 1991). Pero los temas de investigación que son propiamente históricos se refieren esencialmente, a diferencia de lo que ocurre con la socio-antropología, a materiales en cierto modo “muertos”, lo que justifica que deje aquí la historia —como disciplina— un poco de lado. Dicho esto, sin embargo la perspectiva diacrónica, el recurso a la “tradición oral” y la puesta en contexto histórico constituyen componentes indispensables de toda socio-antropología digna de este nombre.»

(en Anthropologie et développement. Essai en socio-anthropologie du changement social, APAD/Karthala, Marseille/Paris, 1997, p. 10.)



[1] No se trata sin embargo de negar los pesados efectos disciplinarios y académicos, que levantan lamentables barreras entre sociología y antropología. Un ejemplo de ello es el sistema de referencias doctas que son propias a cada una de ellas, que tiende a ignorar los aspectos vivos de la investigación en la otra.

 

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